Casi nada. Diario de a bordo. Baúl de recuerdos. Anotaciones para cuando se ofrezca. Remedio casero para el olvido. Memoriario. Archivo muherto. Paisajes para después de la batalla. Fusilería. Casi todo.
Cuido el sueño del paisaje que duerme; miro el cigarro en el cenicero. Mañana ese paisaje me inspirará calma, o desasosiego. A veces quisiera entender cómo funciona ese paisaje, sus nubes, sus tormentas, sus mecanismos de vida. Los atardeceres, los cambios de tono. El tránsito de la mirada a través de las longitudes de onda. Cierro los ojos y recuerdo la neblina y el abrazo tibio del tiempo.
Pócar de teutonas sobre mi escritorio: fotografía que el maestro Helmut Newton nos regaló simultáneamente a mis ojos en el culo de la patria y a su reflejo en el espejo de plata de la región de los valles bajo los senos.
Helmut nos prestaba imágenes para ceder a caprichos crueles. Un día encontré cuatro mujeres sobre el escritorio. Cuatro cuerpos con sólo dos prendas: zapatilla izquierda (cual negro girasol) y zapatilla derecha (cual Oscar Peterson). Camuflaje salvaje de la salvaje voz de Satchmo.
Ensayo un cruce de caminos. Beckett y Antonio Oliveira haciendo esquina en TS Eliot. El primero sugiere que las palabras son manchas en el silencio. El segundo es tinta, sólo eso. Miro una imagen en el interior de una fuente: el silencio interior se rompe en ondas concéntricas; afuera la tarde, el sol oblicuo desplaza mi sombra y la inserta como una mancha de tinta en el húmedo paisaje, territorio (susurra Eliot) de los murmullos del caracol del tiempo.
La noche que conocí a Koudelka no fue en blanco y negro, ni de ejecución de claroscuros a la Rembrandt. Nada extraordinario esa noche. Más que un periódico viejo. La silueta distorsionada de un hombre cerca de una pared desnuda. Nada más. Koudelka apareció y desde entonces la mancha, errante, ha quedado impregnada en la pared.