Casi nada. Diario de a bordo. Baúl de recuerdos. Anotaciones para cuando se ofrezca. Remedio casero para el olvido. Memoriario. Archivo muherto. Paisajes para después de la batalla. Fusilería. Casi todo.
Hoy extraño una obra de arte. No. Más precisamente extraño la pared donde está colgada, la sala en la que se expone. La imagino sola, única en ese espacio. Es ese espacio lo que extraño, el contexto que esa obra de arte domina. Su contexto tridimensional. Extraño ese aire, el silencio que es también parte de la obra. El tiempo que pasa.
Una de esas veces en que no sé qué hacer. Leo un poema de Borges que me deja atado al vasto Universo. Después de eso, nada. Después de Borges, nada. Solo el Universo.
Pink Floyd como metáfora del mundo contemporáneo: sueños hechos sonidos, eternos rencores, vicios perennes. Todo fluye como siguiendo (la imagen es de Carpentier) la trayectoria del ave en su vuelo o del pez en el agua.
Escuchar Charly García como quien no quiere la cosa. Escucharlo taimadamente, como de perfil, a través de los visillos. Para que no se de cuenta. Para que no se crea que es muy bueno, genial, extraordinario. Para que su ego no rebase la delicia de escuchar Promesas en el bidet a media noche, mientras manejo de vuelta a casa.
He escuchado Brandenburg gate seis veces esta noche. En casa hemos escuchado el Time out durante casi todo un mes. Sebastián se despierta bailando Take five. Se duerme escuchando Take five. Mi Rosario nos acompaña, como Desmond a Brubeck, en ese diálogo tan fino, tan preciso, tan precioso. Como tan pocas cosas tan extraordinariamente perfectas. Desde hace unos días el cielo (lo que quiera que eso sea) tiene ritmo.
Descubro a Teun Hocks por accidente: asomo al espejo y me veo de espaldas, mirando en el espejo a un yo que mira al espejo. Como una especie de Magritte posmoderno, crea el desconcierto a través de la imagen cotidiana, ligeramente trastocada, puesta al revés. Ahora me mira mirándome mirando. Su reflejo de espaldas.
Hace tiempo escribí un ensayo sobre un mural de Alfredo Zalce en Morelia. El Palacio de Gobierno, creo. Releo. Ensayo incomprensible sin un huapango. Por los colores, por la bulla, por la parranda: un guitarrero, un cuarteto vestido de manta ensayando una aproximación al paisaje. Estampa engullida por el final del siglo.